Las calles lúgubres, sucias, envueltas de smog y marcas
de escritura hechas con pintura, quizá de algún fanático hincha de algún equipo
de futbol, caracterizadas por un olor nauseabundo producto de aquellas esquinas
bañadas de orina, construcciones coloniales que hoy nos muestran la desdicha del
paso del tiempo, algunas casas resquebrajadas por los diversos movimientos de
nuestra Lima, es hoy en día el memorable Jirón Cañete que abre paso a transeúntes,
muchos de ellos estudiantes que caminan con premura a la imponente casa de estudios, la universidad
Federico Villarreal.
Aquella callecita con paredes descascaradas producto del
indolente frio de Lima, de las lluvias y de la antigüedad de las construcciones
alberga en su seno a mujeres dispuestas a brindar caricias con el calor de sus
cuerpos y placer a cambio de un par de soles. Las hay flacas, obesas, ancianas,
adolescentes, morenas, rubias, de 20 soles hasta 5 soles, como cuando se oferta
cualquier animal en el mercado negro.
Jirón Cañete es la guarida de diversos personajes: emolienteros,
tamaleros, taxistas, colectiveros, borrachos, drogadictos, amigos de lo ajeno
que custodian aquella calle que guarda un sinfín de historias, donde décadas
atrás era visitada por entrañables personajes como escritores, intelectuales de
la época, hoy en día es aquel umbral que divide dos universos, el de la
intelectualidad y el de un mundo nublado de personajes siniestros en transacciones
truculentas.

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